Mundial 2026: ¿Boicot real o simple ruido mediático contra el imperialismo yanqui?
Las voces pidiendo boicot al Mundial 2026 que organizarán Estados Unidos, Canadá y México están sonando fuerte, pero ¿será puro humo o hay fuego real detrás? La pregunta no es quién habla del boicot, sino qué hace falta para que se concrete de verdad.
Por ahora, los gritos vienen más de críticos de Donald Trump y sus políticas que de gobiernos o federaciones que manejan el fútbol mundial. Sin ese respaldo institucional, cualquier boicot se queda en pura charla de café.
Europa marca la cancha
El debate más fuerte viene de Europa, especialmente de Alemania y Francia. En Alemania, Oke Göttlich, presidente del St. Pauli y vicepresidente de la Federación Alemana, dijo que era hora de "considerar seriamente" un boicot al Mundial yanqui.
Pero la respuesta institucional fue rápida y contundente. Bernd Neuendorf, jefe de la federación alemana, rechazó la idea de plano y aclaró que no hay respaldo interno para esa movida.
En Francia, la ministra de Deportes Marina Ferrari fue clara: no tienen intención de boicotear nada. Philippe Diallo, presidente de la Federación Francesa, confirmó que pese a seguir la situación internacional, no hay planes de ausentarse del Mundial.
En otros países europeos el tema ni siquiera genera eco. Inglaterra, Escocia y España mantienen silencio, mientras Austria prefiere separar política y deporte.
La FIFA no se preocupa
El tema llegó hasta Gianni Infantino, presidente de la FIFA, quien durante el Foro de Davos se mostró relajado ante la posibilidad de un boicot europeo. Su tranquilidad refleja una realidad: FIFA, federaciones, patrocinadores y televisoras tienen sus intereses económicos alineados con la realización del torneo.
Un boicot real difícilmente surgiría de jugadores o federaciones. Los futbolistas quieren disputar el torneo más importante de sus carreras, y las federaciones dependen financiera y políticamente de participar.
Solo los gobiernos pueden parar la pelota
Los únicos con poder real para impulsar un boicot son los gobiernos nacionales, especialmente jefes de Estado. En ese escenario, el Mundial se convertiría en herramienta de poder blando, una forma de presión diplomática.
La historia muestra que los grandes boicots deportivos nacen de decisiones políticas coordinadas, no del deporte mismo. Recordemos el boicot estadounidense a Moscú 1980 o la respuesta soviética en Los Ángeles 1984.
En el fútbol, nunca hubo un boicot masivo al Mundial por motivos exclusivamente políticos. Hubo ausencias puntuales como Uruguay en 1934 o los países africanos en 1966, pero por razones específicas y aisladas.
Escenario poco probable
La mayoría de analistas considera remota la posibilidad de un boicot real al Mundial 2026. Tras las recientes declaraciones de Trump sobre posibles acuerdos con la OTAN, la intensidad del discurso del boicot ha bajado.
Mogens Jensen, del Partido Socialdemócrata Danés, admite que un boicot debería considerarse solo como última herramienta disponible. Reconoce que un conflicto grave, como una invasión a un país de la OTAN, podría cambiar el panorama.
Por ahora, el Mundial 2026 sigue su curso normal. Las voces existen, el debate continúa, pero los factores necesarios para una acción coordinada están lejos de alinearse. Mientras tanto, el show del fútbol y los negocios millonarios siguen rodando.