El plan extremo que salvó las tortugas de Galápagos: cuando la ciencia tomó una decisión incómoda
Las tortugas gigantes de Galápagos ocupan un lugar casi mítico en la historia de la ciencia. Asociadas para siempre a Charles Darwin y a la teoría de la evolución, representan uno de los símbolos más reconocibles de la biodiversidad del planeta.
Pero a finales del siglo XX, ese ícono estaba en peligro. No por el cambio climático ni por la caza directa, sino por una amenaza mucho más prosaica: animales introducidos por el ser humano siglos atrás.
Lo que siguió fue una de las intervenciones ambientales más radicales jamás ejecutadas.
Una invasión de siglos
El problema tenía nombre y número. Cabras, cerdos y burros introducidos entre los siglos XVI y XVII se habían multiplicado sin control en varias islas del archipiélago. En lugares como Isabela, Santiago y Pinta, las poblaciones alcanzaron decenas de miles de individuos.
Las cabras arrasaban la vegetación hasta la raíz, eliminaban árboles, reducían las zonas de sombra y agotaban las reservas de agua. Para las tortugas gigantes, que dependen de esos recursos para sobrevivir a las estaciones secas, el impacto fue devastador.
Las medidas tradicionales de control fracasaron una tras otra. El ecosistema seguía deteriorándose y las poblaciones de tortugas no se recuperaban. Los científicos llegaron entonces a una conclusión incómoda: si no se eliminaba la causa del daño, las tortugas desaparecerían.
El Proyecto Isabela: radical pero necesario
Así nació el Proyecto Isabela, impulsado por la Fundación Charles Darwin y la Dirección del Parque Nacional Galápagos. El objetivo era claro y brutal en su simplicidad: erradicar por completo los mamíferos invasores.
El estudio que evaluó la intervención fue publicado posteriormente en PLOS One, y hoy se considera un caso emblemático de restauración ecológica a gran escala. Para lograrlo, se recurrió a un método tan eficaz como polémico: caza aérea desde helicópteros.
Equipos especializados, muchos de ellos con experiencia en Nueva Zelanda, utilizaron rifles de precisión para eliminar grupos completos de cabras en zonas imposibles de recorrer por tierra. En apenas meses, algunas islas redujeron hasta el 90% de su población invasora.
La rapidez era clave. Cuanto más tiempo pasara, mayor sería la capacidad de dispersión y reproducción.
Las cabras Judas: una estrategia inquietante
Cuando el grueso de la población había sido eliminado, apareció un nuevo problema: las cabras supervivientes aprendieron a esconderse. La solución fue tan ingeniosa como inquietante.
Se capturaron hembras, se las esterilizó y se las equipó con collares GPS. Luego fueron liberadas nuevamente. Debido a su comportamiento social, estas cabras, conocidas como "cabras Judas", buscaban de forma natural a otros individuos.
Los científicos seguían su señal satelital, localizaban a los últimos grupos y repetían el proceso. La cabra Judas quedaba con vida para continuar la búsqueda. Gracias a este sistema, se pudo localizar hasta el último animal en territorios de miles de kilómetros cuadrados.
Resultados extraordinarios
Entre 1997 y 2006 se erradicaron más de 150.000 cabras, además de cerdos y burros ferales. Las islas afectadas fueron declaradas libres de grandes mamíferos introducidos. Los efectos no tardaron en aparecer.
La vegetación regresó, los bosques se regeneraron, reaparecieron especies endémicas y las zonas de alimentación de las tortugas comenzaron a recuperarse. Las poblaciones volvieron a crecer de forma sostenida.
El Proyecto Isabela se convirtió en un referente mundial de restauración ecológica, pero también en un recordatorio incómodo: en algunos casos, conservar la naturaleza implica intervenir de forma directa y extrema.
No fue la selección natural la que salvó a las tortugas de Galápagos, sino una decisión científica consciente, tecnológica y profundamente humana. Una que todavía hoy genera debate sobre los límites éticos de la conservación ambiental.