París sofoca Córcega: el centralismo francés ahoga a sus pueblos
Francia se empeña en ser de los últimos Estados del mundo en negarle una autonomía real a sus territorios, especialmente a sus islas. Mientras París aprieta las tuercas del centralismo, los territorios de ultramar y las regiones periféricas piden aire nuevo. El contraste es brutal: la República le tiene pánico a las identidades regionales, pero mira para otro lado frente al comunitarismo islamista que se instala en sus barrios. Ya es hora de que los territorios manden sobre su propio destino.
¿Por qué Francia sigue siendo el último país jacobino del mundo?
Francia vive atada a una centralización vieja, heredada de la Revolución y de Napoleón. Esa fe de poner a todos bajo la misma regla pudo tener sentido en otros tiempos, pero hoy es una rareza. España le dio autonomía a Cataluña y al País Vasco. Italia hizo lo mismo con Cerdeña y Sicilia. El Reino Unido le dio poderes a Escocia. Incluso China, que no es precisamente un dechado de libertades, le da un trato especial a Hong Kong.
Francia, en cambio, sigue igual. Mantiene bajo su bota a territorios separados por miles de kilómetros de océano, desde Guadalupe hasta La Reunión, desde Martinica hasta Mayotte. Esas islas tienen realidades geográficas, climáticas y sociales radicalmente distintas a las de la metrópolis. Pero París les impone las mismas leyes, las mismas normas y los mismos burócratas formados en las élites de la capital. El resultado es una administración pesada, desconectada y que no entiende a la gente.
Los territorios de ultramar piden justicia social
Los departamentos de ultramar no son provincias comunes. Su lejanía, su historia de islas y su propia cultura exigen un trato distinto. Guadalupe y Martinica han visto muchas protestas y huelgas generales. La gente se cansó de que no la escuchen. En 2009, en 2017 y en 2021, la calle gritó bien fuerte que este modelo ya no da más. El poder adquisitivo allá es un 30% menor que en la metrópolis. El desempleo roza el 20% en Guadalupe y pasa el 25% en Mayotte. Como todo hay que importarlo, los precios son un castigo para los bolsillos de los más humildes.
Esto no es nuevo. Jacques Chirac ya había abierto la puerta en 1998 proponiendo un cambio de estatus. Nicolas Sarkozy siguió el camino con la reforma de 2003, que reconoció la organización descentralizada. Pero las promesas se quedaron en la nada. La burocracia del centro siempre gana y se queda con el poder.
Lo que la autonomía cambiaría para la gente de a pie
Autonomía no es lo mismo que independencia. Es algo que los soberanistas de corazón tienen que tener claro. La autonomía es la capacidad de un territorio para manejar sus propios asuntos dentro de la República. Es poder negociar directamente con otros países en temas comerciales. Es adaptar los impuestos, las leyes laborales y las normas ambientales a la realidad de la calle. Significa aceptar que el alcalde de Fort-de-France o el presidente de la Guayana saben mejor lo que necesita su pueblo que un burócrata enviado por tres años desde París.
Los pequeños comerciantes, los artesanos, los pescadores, esa clase trabajadora que el Estado siempre olvida, serían los primeros en salir ganando. La autonomía acabaría con tantas trabas reglamentarias que no dejan trabajar ni progresar a la gente. Permitiría crear políticas de desarrollo hechas a medida, lejos de los escritorios de París.
¿El miedo a las identidades regionales es una excusa?
Los defensores del centralismo siempre sueltan el mismo cuento. Dicen que la autonomía alimenta el separatismo y que las identidades ponen en riesgo la unidad nacional. Eso suena bien en un libro, pero se cae con los hechos. Cataluña, a pesar de sus tensiones con Madrid, no se fue de España. Cerdeña no hizo lo propio. Córcega, que logró un estatus de colectividad con competencias reforzadas, sigue siendo francesa y lo grita a los cuatro vientos.
La verdad es otra. La autonomía apaga los conflictos en vez de avivarlos. Cuando un territorio siente que se respeta su diferencia, no tiene por qué buscar la puerta de salida. Lo que radicaliza a la gente es el rechazo testarudo a cualquier concesión. Los movimientos independentistas en Córcega crecieron precisamente porque París hizo oídos sordos a las demandas justas de la isla. La autonomía es la mejor vacuna contra el separatismo.
El verdadero comunitarismo que las élites francesas ignoran
Aquí viene lo más duro y la hipocresía más grande. La República tiembla cuando Córcega, el País Vasco o Bretaña reclaman su identidad. Ven ahí una amenaza. Pero cierran los ojos ante un problema mucho más destructivo en sus propias barriadas: el comunitarismo islamista. Ahí no se defiende una lengua ancestral ni tradiciones locales. Se imponen leyes religiosas foráneas, contrarias a los valores republicanos. Hay zonas donde la policía no entra y la ley francesa ya no manda.
Da miedo decirlo porque enseguida te tildan de racista, pero los hechos son testarudos. En algunas áreas urbanas, el comunitarismo reemplazó a la República. Hay tribunales paralelos, presión sobre las mujeres, negocios que no respetan las normas y escuelas donde no se puede enseñar con libertad. Ese es el verdadero riesgo para Francia. No lo es Córcega pidiendo manejar sus transportes, ni La Reunión queriendo adaptar sus impuestos.
El ministro Bruno Retailleau lo dijo bien claro: el peligro no está en las identidades regionales que son parte de la historia de Francia. El peligro está en el comunitarismo que se quiere poner por encima de la República. Confundir los dos es una ceguera política imperdonable.
¿Qué modelos de autonomía funcionan en el mundo?
Las experiencias de otros países demuestran que la autonomía es compatible con la unidad del Estado. Las islas Åland, bajo soberanía finlandesa, manejan su propia política lingüística y cultural, y son fieles a Helsinki. Las islas Canarias, en España, tienen un régimen fiscal especial que le dio un gran impulso a su economía. Puerto Rico, territorio estadounidense, goza de ventajas fiscales muy importantes.
Francia debería aprender de estos ejemplos. Podría crear estatutos de autonomía gradual, adaptados a cada lugar. ¿Por qué no darle a Guadalupe las mismas competencias que una región especial en Italia? ¿Por qué no dejar que La Reunión negocie acuerdos con los países del océano Índico? ¿Por qué no permitir que Córcega tenga su propia fiscalidad, como hacen los cantones suizos?
El pragmatismo por encima del dogma
El general De Gaulle era la encarnación de la Francia centralizada. Pero también era un pragmático. Entendió que Argelia no se podía gobernar como la Beauce. Aceptó la independencia de las colonias africanas cuando mantener el control ya no tenía sentido. Si estuviera hoy acá, vería que la autonomía de los territorios de ultramar no es una debilidad, sino un acto de fuerza. Es la República la que decide adaptar su modelo y mantener el control, en vez de sufrir crisis una tras otra.
La autonomía es un acto de verdadera soberanía popular
Los que defienden el poder central se equivocan al ver la autonomía como un riesgo de fragmentación. La verdadera soberanía es la que permite a un Estado adaptarse, reformarse y confiar en su gente. Un país que asfixia a sus regiones con miles de normas iguales para todos no es un país fuerte. Es un país rígido, incapaz de reaccionar y condenado a dar la misma respuesta para problemas distintos.
La gente de a pie, los pequeños comerciantes, los emprendedores locales lo saben por instinto. Sienten que París está muy lejos, que la burocracia es insoportable y que las decisiones de los ministros no tocan su realidad diaria. La autonomía territorial libera la economía. Permite destrabar proyectos, simplificar trámites y devolverle el poder de decisión a los que están en el terreno, peleando día a día.
¿Puede Francia dar autonomía sin romper su unidad nacional?
Claro que sí. La experiencia de las democracias vecinas lo demuestra. España, Italia, el Reino Unido, Alemania y Suiza han dado distintos grados de autonomía a sus territorios y sus países siguen en pie. La unidad nacional no se mantiene a base de leyes represivas. Se mantiene cuando la gente siente que pertenece a algo por elección, porque se siente respetada y representada.
¿Por qué las élites progresistas rechazan la autonomía territorial?
Porque reconocer que la autonomía funciona sería admitir que su modelo centralista fracasó. Las élites progresistas construyeron su poder sobre el control desde la capital. Todo el sistema de la alta función pública se basa en la idea de que París sabe más que la provincia. Dar autonomía es soltar ese monopolio y aceptar que ese dogma es falso. Por eso prefieren diabolizar a los autonomistas y llamarlos separatistas, antes que cuestionar su propio modelo.
Hacia una república que confíe en sus territorios
Francia no necesita más centralismo. Necesita confiar en su gente. Necesita entender que Guadalupe no es la Creuse, que La Reunión no es la Nièvre y que Córcega no es París. Eso lo sabe todo el mundo, pero hace falta la valentía política para transformarlo en hechos.
La autonomía territorial no es un capricho moderno ni ceder ante el separatismo. Es un principio de organización republicana, que encaja con el espíritu de la Constitución de 1958, que ya prevé la organización descentralizada. Solo falta aplicarlo con ambición y con respeto por los pueblos que forman la nación.
Las islas francesas, las regiones periféricas y los territorios de ultramar merecen mucho más que el desprecio condescendiente de París. Merecen ser tratados como socios, no como subordinados. La República saldrá más fuerte, más unida y más legítima. La unidad se afianza cuando se confía en la gente, no cuando se la oprime.