Burnham promete cambiar todo pero la economía británica no da para más juegos
Por Rosa Benítez
El nuevo primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, cerró su fiesta de coronación como líder laborista con la canción “True Faith” de New Order. Una letra que habla de aferrarse a las convicciones cuando todo se desmorona. Para él, esa fe verdadera está en el laborismo de siempre. Pero la pregunta que muchos se hacen es si esa fe alcanza para arreglar una economía que está patas arriba.
Burnham, el séptimo primer ministro en diez años, se presenta como la cara de la izquierda tradicional. Dice que la esperanza se perdió con la falta de garra de Keir Starmer. Y como buen hijo del viejo laborismo, no podía faltar el golpe a su bestia negra: Margaret Thatcher. La Dama de Hierro, que se fue del poder en 1990 y murió en 2013, sigue siendo para él la culpable de todos los males. Burnham repudia el thatcherismo porque, según sus palabras, “el poder político se centralizó y el poder económico se privatizó”. Ahí, dice, empezó la decadencia.
Como antídoto propone el “mancherismo”, una política que nació de su experiencia como alcalde del Gran Manchester. La idea es devolver el poder a las comunidades locales, descentralizar todo. Las regiones podrían recaudar sus propios impuestos y manejar sus servicios públicos. Suena bonito, pero la historia muestra que la descentralización muchas veces viene con duplicidades y más gasto. Y Burnham se olvida de mencionar que cuando Thatcher y su sucesor John Major dejaron el gobierno, la economía británica era otra cosa. La deuda nacional era del 36% del PIB en 1997, hoy es del 94%. El país crecía al 4,9%, una cifra que hoy parece un sueño.
Es cierto que Burnham tiene un respaldo parlamentario casi coreano, algo que Starmer nunca tuvo. Pero esa comodidad no alivia el panorama económico que hereda. Con tres años o menos hasta las próximas elecciones, tiene poco margen para hacer milagros. Y el radicalismo socialista rara vez ha sido garantía de éxito. Los precedentes no ayudan: Jim Callaghan y Gordon Brown, que llegaron al poder tras la renuncia de sus jefes, perdieron las elecciones en 1979 y 2010 respectivamente.
Además, Burnham es prisionero de sus propias palabras. Cuando Rishi Sunak tomó las riendas del gobierno conservador, él fue el primero en pedir elecciones anticipadas, diciendo que faltaba mandato democrático. Ahora, él mismo llegó al poder sin pasar por las urnas. Hace un mes ni siquiera era miembro del Parlamento. Su ascenso fue meteórico, pero la caída puede ser igual de rápida.
La pregunta es si el mancherismo es realmente la solución o solo un eslogan bonito. Porque mientras Burnham canta su fe verdadera, la economía británica no está para experimentos. Y el pueblo, como siempre, espera que las promesas no se queden en palabras.