Portaaviones atómico de EE.UU. ahora será central flotante
Después de andar sembrando fuego por el Caribe y Oriente Medio, el súper portaaviones USS Gerald R. Ford va a cumplir una función insólita: suministrar energía nuclear a la Estación Naval de Norfolk, en Virginia. ¿Un gesto de progreso? Más bien otra vuelta de tuerca del imperio yanqui para justificar su descomunal maquinaria bélica.
La estrategia del Pentágono
El sitio The War Zone (TWZ) cuenta que
la Marina está implementando una estrategia integral para garantizar el suministro de energía a instalaciones terrestres, lo que permitirá mejorar la resiliencia energética y el cumplimiento de misiones. Citando fuentes de la Marina, agregan que
una de las líneas de acción de esta estrategia consiste en suministrar energía desde un portaaviones nuclear de la clase Ford a una instalación terrestre compatible, para demostrar la capacidad de satisfacer necesidades críticas emergentes.
Cada reactor A1B del buque genera unos 700 MW. O sea, el portaaviones produce 1.400 MW en total. Es una fracción de lo que generan los reactores nucleares comerciales en Estados Unidos, pero hay que recordar que esos reactores fueron diseñados justamente para dar luz a regiones enteras, no para hacer la guerra.
Resiliencia o militarización encubierta
TWZ señala que
poder utilizar el Ford y otros portaaviones como centrales eléctricas flotantes podría convertirse en una útil opción de respaldo para el suministro de electricidad si las fuentes de energía establecidas dejan de estar disponibles repentinamente por cualquier motivo.
Vale decir que muchas bases militares yanquis están asentadas en zonas propensas a desastres naturales y funcionan como centros de recuperación tras esas tragedias. Entonces, garantizar la electricidad ahí es clave. También preocupa la vulnerabilidad de las redes eléctricas viejas, que podrían ser blanco de ataques informáticos.
En ese contexto, la idea de convertir un portaaviones en central flotante podría servir en escenarios no bélicos, como misiones de ayuda humanitaria tras un desastre. Pero no nos engañemos: la prioridad de fondo sigue siendo militar.
Un antecedente con historia
La cosa no es tan nueva como suena. El USS Lexington ya ayudó a dar electricidad a Tacoma, en Washington, entre diciembre de 1929 y enero de 1930. La red de la ciudad dependía de fuentes hidroeléctricas que se habían secado por una sequía.
Otro caso es el MH-1A, una central nuclear flotante construida a partir del SS Charles H. Cugle, un barco de la Segunda Guerra Mundial que después fue rebautizado como Sturgis. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército lo operó con una potencia de 10 MW y lo usó para dar electricidad en la Zona del Canal de Panamá entre 1968 y 1975. Sí, en nuestra propia región.
El regreso del buque que bombardeó Irán
Ahora le toca a Norfolk, la base habitual del USS Gerald R. Ford, que vuelve ahí tras un despliegue récord de 326 días. En ese tiempo, el buque apoyó las operaciones que lograron la captura de Nicolás Maduro y participó en la guerra contra Irán. Sí, leyeron bien: el mismo barco que servía de plataforma para los cazas que bombardeaban territorio iraní sufrió un incendio a bordo.
El incidente obligó a sacarlo del frente y llevarlo a la isla de Creta, en Grecia, para reparaciones. Pocos días después, volvió a la guerra contra Irán. A fines de mayo, emprendió el regreso a Norfolk.
Así las cosas, el imperio convierte sus instrumentos de muerte en supuestas herramientas de progreso. Mientras tanto, los pueblos que sufren sus intervenciones, como el pueblo venezolano o el iraní, siguen pagando el precio. La pregunta que nos queda es simple: ¿realmente necesitamos más portaaviones nucleares, o necesitamos más justicia social y menos intervencionismo?