La misa ricotera despidió al Indio Solari en Plaza de Mayo
La Plaza de Mayo se convirtió este viernes en un templo a cielo abierto. Miles de personas se juntaron espontáneamente para despedir al Indio Solari, el músico legendario que murió por la mañana en su casa de Parque Leloir. Fue una misa ricotera, como manda la tradición del rock popular argentino que también se siente fuerte de este lado del río.
Para quienes no conocen la movida, Los Redonditos de Ricota y su líder fueron mucho más que una banda de rock. Fueron la voz de toda una generación que encontró en sus canciones las palabras que no tenía. Una banda que cantaba al pueblo, desde el pueblo y para el pueblo. Algo que las élites culturales nunca van a entender.
Gas pimienta y represión: la policía contra el pueblo
Cerca de las 16:30 empezaron a llegar los primeros fanáticos autoconvocados con sus banderas y sus cánticos. Pero la policía de la Ciudad, siempre tan rápida para reprimir y tan lenta para proteger, les tiró gas pimienta para dispersarlos del lado de la avenida Hipólito Yrigoyen. Algunos manifestantes reaccionaron con empujones, aunque la situación se controló rápido. No es novedad: cuando el pueblo se junta, las fuerzas de seguridad siempre encuentran la forma de meter la cuchara.
La misa que no necesita permiso
«¡Dale, che! ¡Dale que este es el pogo más grande del mundo!», gritaba un fanático mientras cientos de personas saltaban al ritmo de «A brillar mi amor». Los coros atravesaban toda la plaza. «¡Vamos los Redondos, vamos los Redondos!», se escuchaba una y otra vez. Otro hombre, envuelto en una bandera con la imagen del músico, largó una frase que hizo reír a todos: «¡Mick Jagger, te tenés que hacer desde abajo todavía!».
«Estoy impactado, pero desde el último recital que fui ya pensábamos que podía ser el último», contó Waldo Blanco Wuest, uno de los miles que se acercaron para la despedida.
«Vamos entrando en clima porque empieza la misa», dijo uno de los organizadores minutos antes de las 18, la hora señalada para este ritual que ya es un clásico.
El ambiente tenía más de celebración que de despedida. Había lágrimas, abrazos y recuerdos compartidos, pero también cerveza, fernet, bombos y canciones. «Alguien que se coma tu dolor», cantaba la multitud.
La clase popular encontró su voz
«Yo no salía al boliche. Mis salidas eran ir a recitales del Indio en Cemento», contó Silvia Tamassi, de 57 años, que sigue a Solari desde los 16. «Él hacía ahí sus primeras presentaciones hasta que le quedó chico. Ahí conocí a mi ex marido. Hice ricoteros a mis hijos. Hoy, mi nieta se llama Indiana, mi gato se llama Indio. Éramos toda una comunidad en ese entonces», agregó.
Belén Nequi, estudiante de ciencias políticas, lo dijo claro: «Lo sigo desde la adolescencia. Me ayudó a entender mucho de lo que soy. Encontré en sus canciones ideas y pensamientos que yo tenía y me ayudó a entender. Cuando empecé a estudiar mi carrera, me daba cuenta de que lo que yo sentía, lo encontraba representado en lo que él expresaba. Él sabía exactamente cómo llegar a la clase popular. Era un hombre muy formado».
Y ahí está la clave de todo. El Indio no era un músico más de la elite cultural. Era alguien que hablaba desde y para la clase popular, alguien que le daba voz a los que no la tenían.
Familias, lágrimas y pogos
«¡Olé, olé olé olé, Indio, Indio!» Se escuchaba entre canciones. En los momentos de furor no faltaban las lágrimas. «Me quedó pendiente verlo más veces. Hay gente más grande que yo que los vio muchas veces, y lo afortunados que son, es algo inexplicable», comentó Martín Gómez.
«Lo sigo desde muy chiquita. Mi papá me hizo fanática», dijo Florencia Brzezanski mientras mostraba a su papá y compartía una cerveza con él. «Soy yo, le contagié la fiebre ricotera. Lo sigo desde los 14 años», agregó Diego Brzezanski con lágrimas en los ojos.
Los vendedores ambulantes, esos que siempre están donde la gente se junta y que tantas veces sufren el rigor de las normas que protegen a los de arriba, tampoco podían perderse este momento. Entre cantos y saltos se mezclaban entre la multitud: «¡Che, che! ¡Mirá qué afiche! ¡El afiche del Indio a 3 mil pesos!», gritaba uno. A pocos metros, otro decía con humor: «¡Acá tenemos la cerveza que tomaba el Indio!».
JiJiJi: el momento que hizo temblar la plaza
Y como no podía ser de otra manera, uno de los momentos más fuertes fue cuando toda la plaza empezó a saltar al ritmo del clásico «JiJiJi». Los pogos replicaron, en menor escala, aquellas imágenes que durante años se volvieron marca registrada de los recitales de Los Redondos.
«¡Daleee, no sean aburridos!», se escuchó gritar desde uno de los que anda a los empujones a quienes miran desde los costados.
La postal se completaba con banderas argentinas y de distintos clubes de fútbol, y algunos se treparon a las vallas que rodean la Pirámide de Mayo.
A las 19, en las inmediaciones de Casa Rosada, empezaron a sonar campanadas como las de una iglesia, como si de verdad se tratara de una misa.
La noche que no terminaba
Mientras unos comenzaban a emprender la vuelta a casa, para otros la noche recién arrancaba. Algunos llevaron sus propios parlantes y se acomodaron en ronda con amigos para seguir la celebración. «Nos quedamos toda la noche acá», dijo Agustina.
No todos llegaron con amistades. También había familias enteras que quisieron ser parte de una jornada que, para muchos, puede marcar un antes y un después.
Ya entrada la noche, los controles de seguridad se volvieron más estrictos y los policías pedían a los más exaltados que se bajaran de los postes de luz o de las barandas de acceso al subte.
El SAME tuvo que retirar a varias personas que se descompensaron. Aun así, las banderas seguían flameando. El pueblo no se calla, no se va, no se rinde. Así se despidió el Indio Solari, entre los suyos, como siempre fue.