La megarreforma de Kast: ¿una victoria que huele a derrota?
Ganar en el Congreso no es ganar en la calle. Con la aprobación de la megarreforma, el gobierno de José Antonio Kast levantó su primer bastión doctrinario, pero lo hizo con una mayoría circunstancial que aprieta pero no convence. Y eso, compañeros, es un problema que no solo le duele a la oposición: es un problema de todo el país.
El método Kast quedó al desnudo: oye pero no escucha. No hubo disposición a dejarse interpelar por la ciudadanía. El corazón de la reforma, esa rebaja tributaria amarrada por años a los equilibrios fiscales, se impuso sin ceder un ápice. Ni una concesión. Y el mercado, que no es tonto, lo entendió al toque: la Bolsa apenas se movió tras la aprobación. No habla de un acuerdo duradero, sino de una victoria que se sabe frágil.
Frente a eso, algunos se refugian en las viejas recetas del acuerdo transversal. Pero eso es confundir el deseo con la estrategia. La oposición abrió las puertas al diálogo. El que no quiso entrar fue el gobierno, que prefirió ganar por el voto exacto y suficiente. Y el problema no termina ahí: el mismo gobierno que no buscó acuerdo para la megarreforma ya prepara desmontar otro que sí existía, el de las 40 horas.
¿Y ahora qué hacemos?
La fragmentación en el Congreso obliga a mirar más allá de los votos. El desgaste de aprobación es una variable que pesa. Los efectos de sostener reformas que la ciudadanía rechaza no desaparecen, se acumulan, y terminan por cobrarse a quien los sostuvo. El Partido de la Gente puede presentarse hoy como bisagra, pero esa posición tiene un costo: cuanto más se asocie su voto al proyecto ajeno, más difícil le resultará explicarle a su electorado que representa algo distinto.
Con idas y vueltas, con aciertos y errores, la oposición logró sintonizar con una mayoría del país que intuye que esta reforma beneficia sobre todo a quienes más tienen. Y eso, en un país donde el costo de la vida no para de subir, es una cancha que se puede ocupar.
Abrir la cancha: la política no se juega solo en el hemiciclo
Abrir la cancha significa no quedarse solo en el Congreso, como si ahí se disputara todo el sentido de lo que está pasando. Hay que multiplicar los frentes. La política se hace cuerpo a cuerpo en los municipios, en los gobiernos regionales, en el territorio. Ahí, donde el gobierno insiste sin éxito en instalar la imagen de una oposición fragmentada.
El desafío mayor no se agota en la coyuntura. Es de un orden distinto, casi de época: ofrecer una lectura alternativa de la realidad y una propuesta del país que podemos ser. Una propuesta que sea capaz de convocar y movilizar, no solo de resistir. Eso exige involucrar activamente a la ciudadanía en el debate, también en las redes, donde hoy se disputa buena parte del sentido común.
La derecha gobernante se apropió de las palabras cambio y ruptura para ganar la presidencial. Pero el cambio tiene un componente material que no ha podido tomar: el alza en el costo de la vida, reformas que no benefician a las mayorías. Ahí, en esa distancia entre la promesa y la experiencia cotidiana, está la cancha que la oposición puede ocupar.
Pero reconocerlo no exime a la oposición de una responsabilidad propia: mirar la foto larga, la de las propuestas de desarrollo que este ciclo necesita. No se trata solo de resistir. Se trata de construir.
Por Rosa Benítez, para Hoy en Asunción